La quiso con el triste amor que inspiran las personas que no nos quieren. Borges

sábado, 24 de febrero de 2018

Suicidio de los nombres

He escuchado comentarios acerca del nombre que elijo para mis protagonistas. Pero ¿qué culpa tiene María, Esperanza, Marcos o Constanza de sufrir destinos tan trágicos portando nombres tan comunes?

Entonces, como decía, María y Constanza no tenían porqué justificar sus nombres ante nadie, menos sus acciones. María, por ejemplo, había descubierto la cura contra la depresión.
No era un medicamento que debía tomarse en dosis pequeñas, ni tampoco era un concentrado de jarabe. Era como, si quieres llamarlo así, un don que florecía en la palma de sus manos, estaba en sus pechos, lo llevaba siempre consigo en su voz. Podías sentirlo en sus pies.

Los más pequeños, hijos de los adultos, no podían beber de sus entrañas, ni tomar su cuerpo; si alguno de ellos padecía este mal, ella les regalaba un corte de sus uñas, una hebra de cabello, un lengüetazo en la cara.

La cura contra este estado de ánimo tan deplorable había surgido de María y nadie tiene derecho a menospreciar el nombre cliché con el que llegará hasta el final de sus días.

Constanza era nadie, pero había aprendido tanto, que su nombre en esta historia era lo que menos le preocupaba. Su depresión era tratada por María dos veces al mes, según la decisión que tomara en su vida. Los primeros veinte días Constanza deseaba ser un guía espiritual, entender porqué estaba aquí y porqué aún no se había ido. El resto del mes, al descubrir la verdad del universo, se arrastraba a su cama para que el peso del mundo fuera menos.

Después de quince años de intentar sanar, aún no se encuentra en ningún sitio.
¿Quién es?
¿Qué habrá hecho de ella?

María sacude su cuerpo, toca sus pechos, desenreda sus entrañas y a veces como a una niña, le lame la cara.

¿Qué hay de Marcos?- pregunta mientras limpia su cara y ayuda a su doctora a vestirse.
-Está vivo, su mujer y él finalmente han podido hacerlo.
-¿Qué cosa?
-Dejar de sentirse discriminados por sus nombres. De ahora en adelante si uno de los dos se cuelga por la ansiedad de ser señalados, ¿quién curará mi inseguridad?

Debo terminar la narración aquí, ya no va para ningún sitio, no tiene desarrollo, nadie llega al climax y María y Constanza siguen vivas, por lo tanto no hay desenlace.
Si aún después de esto quieres saber si el don de María desaparece en la vejez, bueno, seguro que sí. No todo el mundo se cura con una mujer desnuda que arrastra sus pechos y estira sus arrugas. Yo no al menos. 

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